Tant ai mo cor ple de joia,
tot me desnatura.
Flor blanca, vermelh’e groya
me par la frejura,
c’ab lo ven et ab la ploya
me creis l’aventura,
per que mos chans mont’e poya
e mos pretz melhura.
Tan ai al cor d’amor,
de joi e de doussor,
per que.l gels me sembla flor
e la neus verdura.
[Tengo mi corazón tan lleno de alegría, / que todo me desnatura. / Flor blanca, amarilla y roja /me parece la frescura, / pues con el viento y con la lluvia / me crece la ventura, / por lo que mi canto aumenta y sube, / y mi mérito mejora. / En el corazón tengo tanto amor, / alegría y dulzor, / que el hielo se me hace flor / y la nieve, verdura.]
Escojo este poema como epígrafe de mis ejercicios críticos por tres razones. Tienen que ver con el verbo desnaturar y con que sea un canto diáfano al amor, por no mencionar que es obra de un inmenso trovador, Bernart de Ventadorn del Lemosín.
El verbo provenzal desnaturar expresa una sensibilidad con la que me identifico, aunque no por poseerla, sino porque aspiro a ella. «Tot me desnatura»: todo deshace mi naturaleza. Como el corzo blanco que cae fulminado por la flecha, como la mariposa consumida por la llama. En esa constante aniquilación del ser que soy de camino hacia la muerte, niego que haya una naturaleza humana inmutable y afirmo mi libertad. La vida plena que está en la punta de los dedos, la vida esclarecida que es la literatura, la vida justificada que es la música o la vida iluminada que es la pintura, son el todo que nos naturaliza y desnaturaliza, la fuerza que fecunda y destruye. Somos un texto elaborado por una red opaca y solar de intertextos, texto cuyo sentido no reside en sus significados más aparentes (la naturaleza, digamos), sino en los silencios, en los huecos y en los vacíos entre sus letras, entre sus sílabas (la desnaturaleza).
En sí mismo, esta cobla expresa una actitud del sujeto poético ante el amor y la realidad externa que lo sitúa en el territorio de la transición hacia otra mentalidad. Es un sujeto representado por «tot» y capaz él de representar, de transformar, de desnaturarlo «tot». No me atrevo a decir que sea exclusivo de Ventadorn, o que manifieste una crisis en la poesía trovadoresca; de hecho, no tengo claras mis ideas respecto al platonismo del amor cortés, por ejemplo. Me limito a constatar mi asombro y mi perplejidad ante este verso, tal vez porque es uno de los más fulminantes de la poesía. No pretendo entenderlo, pero sí querría interpretarlo con el correr de los años.
Y como dice Oscar Wilde en Salomé, «the mystery of love is greater than the mystery of death. Love only should one consider». No necesariamente creo en el amor ideal o eterno, pero sí estoy fascinado hasta la médula por la empresa occidental de pensar el amor. Y sobre todo porque, como diría Octavio Paz en «Piedra de sol», el amor es «nuestra ración de tiempo y paraíso». Si he vislumbrado la trascendencia tras una máscara, es tras la del amor. Además, en crítica literaria a veces se le presta poca atención al amor. Se tiende a asumir que simplemente es, sin reparar en que se hace textualmente. El amor es puro verbo, como la vida.
tot me desnatura.
Flor blanca, vermelh’e groya
me par la frejura,
c’ab lo ven et ab la ploya
me creis l’aventura,
per que mos chans mont’e poya
e mos pretz melhura.
Tan ai al cor d’amor,
de joi e de doussor,
per que.l gels me sembla flor
e la neus verdura.
[Tengo mi corazón tan lleno de alegría, / que todo me desnatura. / Flor blanca, amarilla y roja /me parece la frescura, / pues con el viento y con la lluvia / me crece la ventura, / por lo que mi canto aumenta y sube, / y mi mérito mejora. / En el corazón tengo tanto amor, / alegría y dulzor, / que el hielo se me hace flor / y la nieve, verdura.]
Escojo este poema como epígrafe de mis ejercicios críticos por tres razones. Tienen que ver con el verbo desnaturar y con que sea un canto diáfano al amor, por no mencionar que es obra de un inmenso trovador, Bernart de Ventadorn del Lemosín.
El verbo provenzal desnaturar expresa una sensibilidad con la que me identifico, aunque no por poseerla, sino porque aspiro a ella. «Tot me desnatura»: todo deshace mi naturaleza. Como el corzo blanco que cae fulminado por la flecha, como la mariposa consumida por la llama. En esa constante aniquilación del ser que soy de camino hacia la muerte, niego que haya una naturaleza humana inmutable y afirmo mi libertad. La vida plena que está en la punta de los dedos, la vida esclarecida que es la literatura, la vida justificada que es la música o la vida iluminada que es la pintura, son el todo que nos naturaliza y desnaturaliza, la fuerza que fecunda y destruye. Somos un texto elaborado por una red opaca y solar de intertextos, texto cuyo sentido no reside en sus significados más aparentes (la naturaleza, digamos), sino en los silencios, en los huecos y en los vacíos entre sus letras, entre sus sílabas (la desnaturaleza).
En sí mismo, esta cobla expresa una actitud del sujeto poético ante el amor y la realidad externa que lo sitúa en el territorio de la transición hacia otra mentalidad. Es un sujeto representado por «tot» y capaz él de representar, de transformar, de desnaturarlo «tot». No me atrevo a decir que sea exclusivo de Ventadorn, o que manifieste una crisis en la poesía trovadoresca; de hecho, no tengo claras mis ideas respecto al platonismo del amor cortés, por ejemplo. Me limito a constatar mi asombro y mi perplejidad ante este verso, tal vez porque es uno de los más fulminantes de la poesía. No pretendo entenderlo, pero sí querría interpretarlo con el correr de los años.
Y como dice Oscar Wilde en Salomé, «the mystery of love is greater than the mystery of death. Love only should one consider». No necesariamente creo en el amor ideal o eterno, pero sí estoy fascinado hasta la médula por la empresa occidental de pensar el amor. Y sobre todo porque, como diría Octavio Paz en «Piedra de sol», el amor es «nuestra ración de tiempo y paraíso». Si he vislumbrado la trascendencia tras una máscara, es tras la del amor. Además, en crítica literaria a veces se le presta poca atención al amor. Se tiende a asumir que simplemente es, sin reparar en que se hace textualmente. El amor es puro verbo, como la vida.
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