La realidad que describe el narrador y héroe de La invención de Morel es ciertamente desordenada y escandalosamente irracional. Su empeño por entenderla y por imponerle un orden se manifiesta de dos modos: uno acabado y otro inacabado. El primero es la disposición rigurosa, cuasimatemática, de la materia narrativa. El segundo es el esfuerzo constante del héroe por determinar cuál es la realidad y cuál no, qué es lo vivido y qué es lo soñado; y más aún, averiguar si él mismo y lo que siente es real o no, si ha vivido o ha soñado. Ambos aspectos —la admirable fábrica narrativa y la duda metafísica— también están presentes en la que acaso es la mejor obra teatral de la lengua española: La vida es sueño (1634-1636), de Pedro Calderón de la Barca.
La influencia de Calderón en las letras hispánicas ha sido continua e importante, incluso en los momentos de mayor reacción antibarroca o de hispanofobia. No le atañe a este trabajo, tanto por su naturaleza, su extensión y el esfuerzo de quien lo escribe, precisar el grado de intertextualidad entre ambas obras. Sin embargo, resulta innegable cierta influencia, o al menos un tremendo parecido. Por ejemplo: la hỳbris de Morel por controlar la vida recuerda la de Basilio por desmentir las estrellas y gobernar sobre todas las cosas; el papel de Faustine como revelación de otra realidad recuerda la irrupción de Rosaura en la prisión de Segismundo; la naturaleza monstruosa del narrador y héroe es un eco de la del heredero de Polonia; y en el invento de Morel lo efímero es lo eterno, y lo tangible lo intangible, en un sueño perpetuo que no tiene salida, así como para Segismundo el sueño es tan real como la vida y su engaño.
Pero de todas las concomitancias quiero tratar la siguiente: para el héroe y narrador de La invención de Morel, como para Segismundo, es el amor lo que define la realidad, casi es lo que constituye la única realidad asentada; y es el amor quien impulsa a ambos a abrazar la inexistente existencia que los ciñe. Por su lado, el narrador y héroe prófugo acaba planeándolo todo para acceder a la inmortalidad con Faustine, para estar «a salvo de una interminable muerte sin Faustine». Sin estar seguro de nada, se acaba aferrando a la ilusión de «estar con ella en una visión que nadie recogerá». Por el suyo, justo antes de proferir su célebre monólogo Segismundo revela que en su sueño
De todos era señor,
y de todos me vengaba;
sólo a una mujer amaba;
que fue verdad, creo yo,
en que todo se acabó,
y esto sólo no se acaba (II, vv. 2132-2137).
Tanto el prófugo venezolano como el príncipe encadenado acaban creyendo en el amor como única realidad trascendente y adivinan en él la eternidad que está ausente del dudoso mundo que les tocó en suerte. Ambos son titanes cuya rebeldía acaba o en la extinción inevitable o en la renuncia a la amada. Su legado es espuela para que en el amor descubramos el prodigio y la redención de nuestro mundo, que no es menos dudoso que el de ellos.
La influencia de Calderón en las letras hispánicas ha sido continua e importante, incluso en los momentos de mayor reacción antibarroca o de hispanofobia. No le atañe a este trabajo, tanto por su naturaleza, su extensión y el esfuerzo de quien lo escribe, precisar el grado de intertextualidad entre ambas obras. Sin embargo, resulta innegable cierta influencia, o al menos un tremendo parecido. Por ejemplo: la hỳbris de Morel por controlar la vida recuerda la de Basilio por desmentir las estrellas y gobernar sobre todas las cosas; el papel de Faustine como revelación de otra realidad recuerda la irrupción de Rosaura en la prisión de Segismundo; la naturaleza monstruosa del narrador y héroe es un eco de la del heredero de Polonia; y en el invento de Morel lo efímero es lo eterno, y lo tangible lo intangible, en un sueño perpetuo que no tiene salida, así como para Segismundo el sueño es tan real como la vida y su engaño.
Pero de todas las concomitancias quiero tratar la siguiente: para el héroe y narrador de La invención de Morel, como para Segismundo, es el amor lo que define la realidad, casi es lo que constituye la única realidad asentada; y es el amor quien impulsa a ambos a abrazar la inexistente existencia que los ciñe. Por su lado, el narrador y héroe prófugo acaba planeándolo todo para acceder a la inmortalidad con Faustine, para estar «a salvo de una interminable muerte sin Faustine». Sin estar seguro de nada, se acaba aferrando a la ilusión de «estar con ella en una visión que nadie recogerá». Por el suyo, justo antes de proferir su célebre monólogo Segismundo revela que en su sueño
De todos era señor,
y de todos me vengaba;
sólo a una mujer amaba;
que fue verdad, creo yo,
en que todo se acabó,
y esto sólo no se acaba (II, vv. 2132-2137).
Tanto el prófugo venezolano como el príncipe encadenado acaban creyendo en el amor como única realidad trascendente y adivinan en él la eternidad que está ausente del dudoso mundo que les tocó en suerte. Ambos son titanes cuya rebeldía acaba o en la extinción inevitable o en la renuncia a la amada. Su legado es espuela para que en el amor descubramos el prodigio y la redención de nuestro mundo, que no es menos dudoso que el de ellos.